Ojalá pudiera no hablar con coherencia. No hablar más. Abandonar la coherencia. Cambiar el lenguaje que a través de mí emite el Imperio por mero balbuceo, comunicarme apagando y encendiendo la luz del salón, cambiando la disposición de las piedras o la decoración de los estantes, con golpes y rasguidos, emitir palabras sin fondo o tan desgramatizadas que no puedan ser entendidas y solo permitan adentrarse, que se las recorra como el que invade el tabú o el territorio de un ogro. Ojalá mi lengua como un desierto o una jungla, como un abismo, como una cría que tirita, como la bóveda invisible de la grutaestómago del mundo. Ojalá no ser parte de, engranaje o eslabón, miembro, contribuyente, catalizador y materia prima. Ojalá atreverme, como decía aquel, a ser poema, a subir al risco, a balar y revolcarme, al aullido y a pasarte el brazo por el hombro cuando sienta que sufres. Ojalá los conceptos ideales triturados, hechos tierra, lombriz en vez de lengua, rizoma y micelio en vez de templo. Ojalá callarme para siempre, ojalá comprendiera la parte sumergida del silencio.